Osdany Morales

Osdany Morales, nacido en Nueva Paz, Cuba, en 1981, es uno de los escritores jóvenes cubanos más promisorios de su generación. Su libro de cuentos, Minuciosas puertas estrechas (Ediciones Unión, 2007), así como otros relatos, han sido galardonados en importantes premios literarios de Centroamérica. Asimismo, sus textos han sido incluidos en antologías y revistas de Cuba, México y España, entre otros. Actualmente se encuentra desarrollando un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York.

Ojo Seco quiso conocer más de este relevante autor. En una conversación, vía correo electrónico, nos habló de sus lecturas, sus autores imprescindibles y el impacto que ha tenido en Latinoamérica Papyrus (Sudaquia Editores, 2012), su nuevo libro.

 

- ¿Había libros en tu casa?

No había libros en la casa antes de que yo llegara, o había muy pocos (cuando es posible saber la cantidad exacta de libros que tiene una casa, es porque en esa casa no se lee.) Los libros comenzaron a llegar entonces bajo la categoría de regalos. En mi pueblo no había ni una sola librería, cuando viajábamos era mi oportunidad de insistir en visitar alguna. Me tocó ir armando mi propia biblioteca, lo cual es tan fascinante como crear deliberadamente un artefacto autobiográfico: de pronto estás frente a un archivo que hace mucho que dejó de ser una columna de volúmenes y ya es un muro poroso que te sobrepasa. Uno de los muros de mi casa me tocó levantarlo a mí, poco a poco.

- ¿Cómo te acercaste a los libros?

Visitaba con vehemencia la biblioteca pública de mi pueblo, que era impresionante. De esos primeros años recuerdo que con varios de mis amigos sostenía una competencia de lecturas, que duró prácticamente desde que aprendimos a leer hasta la adolescencia. En esas primeras carreras de lectores nos guiábamos por intuición, por las portadas y las recomendaciones que nos hacíamos unos a otros.

- De tu niñez, ¿cuál fue el primer libro que recuerdas con cariño? ¿Por qué?

Yo fui un fanático de (Emilio) Salgari. Con él comencé a leer aquellas sagas que quedaban inconclusas en los libros y te obligaban a buscar el siguiente. A veces no aparecían. Nunca llegué al final de la serie del Corsario Negro, por ejemplo, que era de mis favoritas. Por ese camino encontré una obra maestra: La isla del tesoro. Sigo pensando que es un libro perfecto. Hace unos años encontré algunas notas de (Robert Louis) Stevenson sobre cómo lo escribió, y es también una aventura excepcional. El texto comienza anunciando: “Tarde o temprano, de algún modo, yo estaba destinado a escribir una novela”. Fue con su lectura que reconocí por primera vez, de manera muy rudimentaria, la complejidad de algo parecido a los personajes, advertí el gusto por los comienzos, por ir armando una historia, y el placer de cerrarla en las últimas páginas con elegancia. Todo esto suena ahora como vestigios de un tipo muy particular de representación pero, en aquel momento, definió mi primer encuentro con el lenguaje puesto al servicio de la ficción.

- En tu juventud, ¿qué libro te marcó de manera decisiva?

El tambor de hojalata, de Günter Grass. Tengo muy vivo el recuerdo porque es una memoria de lectura ligada a la paciencia, a la incomodidad de leer de pie un libro ajeno, encontrado por casualidad, donde relatan página tras página la rutina de una vieja que usa cuatro sayas y va alternando el orden de cada una. Me robé el libro, por supuesto. Un volumen rojo de tapa dura.

- ¿Cómo son tus hábitos de lectura? ¿Qué lugares prefieres para leer?

Las manías se relacionan más con el cuidado del libro que con posturas físicas o lugares. Trato de que los libros no cambien mucho en el proceso de lectura, que no se doblen o se abran tanto. Si pueden parecer nuevos una vez que he terminado, siento que he cumplido una misión superior a la de la lectura. Con eso quiero decir que no se me ocurre escribirlos o dejar apuntes en ellos. Me gusta la idea del lector fantasmagórico o invisible.

- ¿Qué autores son para ti imprescindibles?

José Lezama Lima no es imprescindible pero pudiera serlo. Por la manera tan brutal con que pone en crisis el archivo, colapsa las categorías y los géneros. En su obsesión por la imagen, pasa del poema al ensayo y llega a la novela y al cuento, salta de la carta al diario y al apunte como si en cada caso estuviera persiguiendo lo mismo. Atomiza tipologías, destruye significados. Crea un nuevo lector. Y también tiene esa fascinante administración de lo onírico en todas sus etapas, como si la vigilia fuera en principio, para él (y para nosotros), el primer estadio del sueño.

- ¿Qué libros recomendarías a alguien que comienza a leer?

Como guardo un buen recuerdo de aquellas primeras lecturas desordenadas, prefiero recomendar algo semejante. El descubrimiento de la lectura como una experiencia abrumadora y sorprendente para cada uno. Si alguien te dice por dónde empezar, pierde un poco la gracia. Creo que, como pasa con algunos idiomas e instrumentos musicales, lo mejor es comenzar de niño.

- ¿Qué estás leyendo ahora?

Un cuento del cineasta Ethan Coen, Hector Berlioz, Private Investigator, que está en su libro Gates of Eden. Disfruto mucho ese género (el pulp) que aglutina tanto, al mismo tiempo que va desarticulándose; como recorrer una mansión que se cae a pedazos.

- ¿Cómo empezaste a escribir? ¿Hubo algún libro que te despertó las ganas de escribir?

Conservo varios libros que me dieron ganas de escribir. Respiración artificial, de Ricardo Piglia, por ejemplo. Pero también hay experiencias personales que producen ese mismo efecto; obras de arte, películas que se quedan dando vueltas. Ver la trilogía de Krzysztof Kieslowski (en especial Rojo), cuando era muy joven, me dejó con deseos de escribir algo.

- ¿Dónde crees que se “hace” el escritor? ¿En los talleres literarios? ¿En la lectura? ¿En algún otro lado?

En la lectura hay más posibilidades que en el taller, obviamente. El taller puede considerarse una célula inestable que depende en buena medida del profesor y de los participantes. Pero al mismo tiempo, el que no atraviesa un taller a la larga termina deseando haber recorrido uno de esos círculos conspirativos y paródicos. El taller es una oportunidad de lectura colectiva, no siempre de tus textos, sino de otros textos de referencia que tal vez tardarías un poco más en encontrar.

- ¿Qué le aconsejarías a una persona que se está iniciando en la escritura?

Que lea Cartas a un joven poeta, de (Rainer Maria) Rilke. Cuando se es joven parece que hay una curiosidad vital por los consejos y al mismo tiempo un bloqueo para pedirlos. En estas cartas, Rilke lo responde casi todo sin que se le pregunte. Es una de las lecturas más generosas que uno puede encontrar.

- ¿Por qué para ti es importante escribir?

En principio, por la ambición de escenificar una experiencia que corre en paralelo a la que llevo, y que en esos momentos la sustituye o la hace más intensa. Cuando uno percibe un espacio desde donde establecer un vínculo con los demás y al mismo tiempo sigue estando solo, creo que ha dado con algo que vale la pena. Me interesa la literatura que dialoga con otras literaturas, como si se incorporara a un relato total; pero me inquieta más aquella que actúa como un dispositivo de lectura, de diálogo en espera. Y también, porque sólo en la escritura es posible cumplir ese deseo huidizo que es soñar teniendo consciencia del sueño.

- ¿Qué nos puedes contar de Papyrus?

Papyrus está ligado a los lugares donde he vivido en los años pasados, lugares deformados hoy por la memoria y el acto de escritura, por influencias literarias y no literarias de ese tiempo. Como se propone desde una estructura muy cerrada, recuerdo un proceso de escritura que favorecía la acumulación, las listas, las digresiones. Me gusta considerarlo un archivo de ficciones, un diario en las claves de un relato.

Sobre la publicación, tuve la suerte de llegar a tiempo al Premio Alejo Carpentier, un certamen muy relevante en Cuba, y de que el jurado se interesara en él. La publicación en su colección es uno de los premios. Poco después en Nueva York, donde vivo hace un par de años, Papyrus también interesó a Sudaquia Editores, una editorial independiente que recién comenzaba, enfocada en acercar a los Estados Unidos la literatura en español. De modo que el libro tuvo estas dos ediciones simultáneas en contextos muy distintos, y en muchos casos opuestos.

- ¿Qué estás escribiendo ahora?

Una novela corta que casualmente comienza en Santiago de Chile, titulada La guatona tetona.